Wednesday, June 14, 2017

Carlos Pellicer sobrevoa o Rio de Janeiro


TERCERA VEZ

     Desde el avión,
     la orquestra panorámica de Río de Janeiro
     se escucha en mi corazón.
     Desde la cumbre del Corcovado
     hasta las olas de Copacabana,
     la dicha es una simple distancia que ha pasado
     borrando fechas próximas con sus manos
plateadas.
     Ataré mi existencia sideral
     a la divina roca del Pao de Assucar
     que ve nacer la aurora antes que el agua mar.
     El mar de Río de Janeiro
     es una antigua barcarola
     que está aprendiendo la ola
     leve de mi pensamiento.
     Guanabara su nombre. Guanabara,
     como una estrella que se alargara
     sobre le ritmo del momento.
     Ciudad naval, tus avenidas
     de orohidrográficos prodigios
     anclan mis ojos en un aire
     de eternidades sin abismos.
     Tu mar y tu montaña
     - un puñadito de Andes y mil litros de Atlántico - ,
     pasan bajo las alas
     del avión, como síntesis del continente amado.
     Las grandes rocas están de oro,
     las montañas en verde y morado.
     El agua se mueve en semitono.
     La ciudad es u libro deshojado.
     El aire está en soprano ligero.
     La escuadra va a salir a pescar.
     Un “loopoing the loop” hace pedazos el regreso
     y hace estallar la ciudad.

  

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